La frase que da título a este post, fue dicha por Stravinski refiriéndose a uno de los más geniales compositores del siglo XX: Maurice Ravel
Maurice Ravel es el gran representante de la escuela moderna musical francesa. Su personalidad es tan compleja y misteriosa como el carácter obsesivo de una de sus composiciones más célebres, el Bolero. Y me atrevo a decir, también, una de las más impresionantes obras de la historia.
Precisamente de esta, vengo a hablar aquí.
Tras la muerte de Debussy y posteriormente la de Satie, Ravel pasó a ser conocido como el mejor compositor francés vivo, por lo que en 1927 recibió el encargo de la bailarina y coreógrafa rusa Ida Rubinstein (que en ese momento era una rica empresaria con su propia compañía de ballet) de crear «un ballet de carácter español» -por eso el maestro lo enfocó hacia unas danzas españolas del siglo XVIII llamadas bolero-.
Al principio, como tenía mucho trabajo, Ravel pensó que podría orquestar seis piezas extraídas de la suite para piano “Iberia”, del compositor español Isaac Albéniz, en un proyecto inicialmente bautizado como Fandango. Pero cuando comenzó con el trabajo, fue advertido de que los derechos de orquestación de “Iberia”, habían sido cedidos en exclusiva a otro compositor. En ese momento Ravel pensó en abandonar el proyecto.
Fue entonces cuando se le ocurrió la idea de elaborar una obra experimental: un ballet para orquesta que tiene base en dos temas melódicos principales (un tema y un contra-tema) extremadamente simples que se repiten y explotan hasta la extenuación. El único elemento que cambia, proviene de los efectos de orquestación que sustentan un inmenso crescendo a lo largo de toda la obra. El mismo tema melódico se repite diecinueve veces con variaciones orquestales.
José Bruyr nos dio la imagen de Maurice Ravel en el umbral de su Bolero: “De pie ante su piano -escribe- vestido con su bata de color amarillo canario y con el gorro rojo punzó después del baño matinal, alza la tapa para tocar con un solo dedo (…) algunas pocas notas: do si do re do si la do la do… y agrega con un aire falsamente ingenuo:
-¿No te parece que este tema tiene algo de insistente? Voy a intentar repetirlo un buen número de veces, sin ningún desarrollo, graduándolo mejor con mi orquesta. De manera que esto resultara como «La Madelon»”
La primera vez que se interpretó el Bolero de Ravel, Ida Rubenstein lo danzó en el ballet de la Ópera de París, bailando sobre una mesa rectangular en un decorado un poco ambiguo y muy sombrío de posada española. El compositor habría preferido una gran plaza desierta delante de una fábrica, (descubrió una analogía entre la alternancia de los dos temas unidos como los eslabones de una cadena, y una cinta de montaje industrial) para que la obstinada repetición del tema ilustrara lo mejor posible la soledad del individuo en un mundo inhumano.
Allí dos hombres se habrían batido por el amor de una mujer y uno de ellos habría sido muerto.
Las coreografías se pueden reducir a tres:
- Un flamenco, la primera, la inicial, inspirada en la producción de Ida Rubinstein de 1928-34.
- La inspirada en las ideas de Ravel, ejemplarizada por el montaje de Leyritz/Lifar de 1941.
- Una abstracta, con una gran carga sexual, a partir de los montajes del gran coreógrafo Maurice Béjart de 1961.
Sin embargo han sido muchos más los coreógrafos que han hecho su versión. Y también el Bolero apareció repetidas veces en el mundo del cine, siendo su protagonismo mayor en el filme de Claude Lelouch “Les Unes Et Les Autres”; película a partir de la cual Lelouch escribió un libro, con el mismo título, donde se explicita el trabajo realizado y las historias son contadas más al detalle. Y también es la obra en la que se lleva a cabo la coreografía de Maurice Béjart, una de las tres mencionadas anteriormente e interpretada de manera sublime por el increíble bailarín argentino Jorge Donn.
“El amor y la muerte, el instante de la muerte, su misterio y el del choque amoroso, la música y la danza con su perfume de comienzo original, luego el tiempo, la palabra, la mirada, el encuentro, el silencio, la violencia -desnutrición, guerra, racismo, torturas, campos, opresiones, corrupciones, ríos de sangre- la angustia, el miedo, el dolor, el terror, la noche, la luz, la dulzura, la ternura, el color, el placer, el nacimiento, el alba, la hierba, la ciudad… o los hilos de la única trama de esas “dos o tres historias que en la vida de los hombres se repiten con tanta crueldad como si nunca hubieran sucedido”… Trama única cuya esencia será siempre el marco que, según los días, es un andén de estación, una escalera, una cinta azul, una gran cama, un violín, una valija, unos guantes nuevos, una dirección garabateada en un pedazo de papel, una sonrisa en el cálido aire, una boca de labios entreabiertos, un impermeable sobre un corpachón, una mano sin vida en el fango, rieles en la campiña, una canción… y ¿en la mente, en la piel de quién permanece todo esto?”
Fragmento del libro “Les Unes Et Les Autres”
En esta pieza musical, el percusionista tiene una función clave, un trabajo minucioso y preciso. Lleva un mismo ritmo que no puede adelantarse ni retrasarse durante lo que dura la composición; su labor es de relojero.
Cuando concluye la obra, los aplausos van sobre todo dirigidos al percusionista, y también la compasión.
Con respecto al sonido, podemos decir que el Bolero es música de trance, aliada a la danza. Música hipnótica, hechizante. Es magnífico cómo el motivo rítmico se repite durante toda la obra mientras dejamos que nos atrape y seduzca tanto como lo hace la completitud de la obra en sí. Ravel, definitivamente llevó a cabo un trabajo majestuoso digno de ser galardonado. Y por supuesto, recordado.
Después de haberlo compuesto, el músico da un solo consejo: “¡Métanse bien esto en la cabeza!” Y cuando en el estreno del ballet en la Ópera, el 20 de noviembre de 1928, una señora sentada en la primera fila se pone a gritar “¡Está loco! ¡Está loco!”… Ravel comenta tranquilamente el incidente “Esa sí comprendió”
Para nuestro maestro, era una simple pieza, sin embargo era consciente de que tras ella había un trabajo original que no se había visto hasta entonces. Una tarde, en el casino de Montecarlo, el director Paul Paray le preguntó si no quería apostar algo. «Escribí Boléro y gané. Me planto», contestó Ravel. No se equivocaba: son acaso los 15 minutos más famosos de la historia de la música, y también los más hipnóticos. Cuenta el compositor Arthur Honegger, por otro lado, que Ravel le confió un día, con estricta seriedad: «Escribí una sola obra maestra, Boléro. Pero desgraciadamente no hay música en ella».
Para su disfrute, les dejo una de las interpretaciones de «El Bolero» que más me gustan.